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Tiempos extraños

19/06/2010. Cuando yo era muy pequeño me gustaba observar desde el balcón de mi casa el trasiego que acarreaba un mercado al aire libre que inundaba de actividad cotidiana la plaza cordobesa donde nací y vivía mi familia. En aquella época, ya demasiado lejana en el tiempo, casi todo el transporte se efectuaba con tracción animal. Por las mañanas temprano eran los asnos los encargados de acarrear hasta los puestos las verduras y las hortalizas, y al cierre de la actividad un carro de varas, tirado por una mula robusta, se encargaba de retirar los restos desechados tras las ventas de frutas y verduras. Con el tiempo la plaza se colmó de tenderetes y los desperdicios acumulados tras la jornada crecieron en igual proporción. Pero el carro de la basura era siempre el mismo, tirado por la misma mula cada vez más cansina.

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El carro lo llevaban dos arrieros, uno joven y fuerte que se encargaba de apilar con una horca los restos de verduras entre los varales del carro, y otro más maduro que guiaba a la mula en su marcha. Se notaba que conocía muy bien al animal y sus reacciones, aunque no tanto las de su ayudante al que regañaba con voz ronca, aunque sólo pronunciara su nombre “¡Pepe, Pepe…!” le gritaba cuando, tras una palada demasiado impulsiva, los desperdicios volaban hasta caer del otro lado del carro. No siempre podía estar pendiente del trabajo de Pepe, pues al coincidir con la hora del almuerzo el hombre mayor aprovechaba para comer un bocado mientras su ayudante recogía la basura, alternándose después entre ambos.

En uno de esos turnos de precario almuerzo la mula, abrumada por el peso del carro, perdió pie y cayó volcando peligrosamente la carga. Pepe, sin duda asustado y colérico, la emprendió a golpes entre imprecaciones y gritos para obligar a la mula a enderezarse. Cuanto más fuerte le pegaba menos parecía la aturdida acémila capaz de enderezar su cuerpo y la excesiva carga. En ese momento salía del bar el arriero mayor y corrió para quitarle la vara con la que su ayudante castigaba inmisericorde a la castigada mula. Ordenó a Pepe que se fuera a la parte opuesta del carro y ayudase a levantar uno de los varales mientras él hacía lo mismo por su parte, al tiempo que animaba palmeando el lomo del animal acompañando gesto y gritos de ánimo. Con esa maniobra combinada consiguió el arriero maduro que mula y carro recuperasen la situación de reiniciar la marcha.   

Esta anécdota, presenciada a mi corta edad desde el balcón de mi casa, me viene estos días a la memoria cuando contemplo el penoso espectáculo al que nos someten esos falsos patriotas que, a la menor ocasión (y mejor si es ante una audiencia extranjera e influyente) se afanan en el discurso suicida de tirar por los suelos el prestigio de España, con mayor ahínco poniendo en duda con datos dudosos o contaminados la solvencia económica de nuestro país. Son tan imbéciles o tan malvados e inconscientes que prefieren que el barco se hunda a ver si, con los restos del naufragio, consiguen fabricarse una buena balsa en la que salvar lo que quede y alcanzar una isla con la que sueñan desde hace tiempo. En verdad son tiempos extraños estos en los que unos falsos patriotas consiguen enardecer a millones de agobiados apelando a la falsa posición de las etiquetas trucadas. Lo verdaderamente lastimoso habría sido que, de presentarse a unas imposibles elecciones para arrieros, el brutal Pepe hubiese contado con el voto de las mulas apaleadas.

Francisco González de Tena. Madrid, 19 de junio, 2010.(Autorizada su difusión mencionando la autoría)

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