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Soso

09/11/11. Más que en un debate político daba la impresión de que nuestros aspirantes a la presidencia del Gobierno estaban cantando temas ante un tribunal de oposición.

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Nuestros opositores llevaban unas lecciones aprendidas y las iban a soltar como fuera; de aquello que no querían hablar porque les producía incomodidad o porque no estaban suficientemente preparados se escurrían como anguilas. Tampoco parecía que quisieran poner al otro en demasiados aprietos. Ni Rubalcaba ni Rajoy poseen el verbo hiriente de otros líderes de sus partidos y, aunque se agradece la buena educación, cuando se trata de un debate tan significativo una espera que los protagonistas nos aumenten durante algunos minutos la tensión arterial. Pero no. Ahora hay empresas que juzgan los debates no en cuanto a su sesgo político sino, dicen, desde un punto de vista estrictamente científico. Estoy esperando que califiquen el debate con la palabra que le corresponde: soso.

Nuestros opositores llevaban unas lecciones aprendidas y las iban a soltar como fuera; de aquello que no querían hablar porque les producía incomodidad o porque no estaban suficientemente preparados se escurrían como anguilas. Tampoco parecía que quisieran poner al otro en demasiados aprietos. Ni Rubalcaba ni Rajoy poseen el verbo hiriente de otros líderes de sus partidos y, aunque se agradece la buena educación, cuando se trata de un debate tan significativo una espera que los protagonistas nos aumenten durante algunos minutos la tensión arterial. Pero no. Ahora hay empresas que juzgan los debates no en cuanto a su sesgo político sino, dicen, desde un punto de vista estrictamente científico. Estoy esperando que califiquen el debate con la palabra que le corresponde: soso.

Soso y previsible. Rubalcaba echó mano del argumento "a día de hoy no sabemos cuáles su programa político"; Rajoy se apuntaló en el suyo, "por qué no llevó a cabo su programa cuando era ministro". Dos apuntes sarcásticos que de tan repetidos han perdido su fuerza, porque lo que no tienen en cuenta los partidos, cuando encorsetan el espacio televisivo y tratan de que ningún elemento sorpresa pueda desbaratar su lección aprendida, es que los espectadores (o votantes) desearíamos que los líderes hubieran de vérselas en una discusión real, aceptando el desafío de esos quiebros inesperados que ponen a prueba el empaque y la capacidad de encaje.

Tendría que haber no uno, 10 debates, y no solo con los dos jefes, sino entre los cargos medios de los partidos. Los votamos a todos. Tenemos necesidad de verles de verdad en acción. Pero para esto tiene que llegar el día en que sean los periodistas quienes establezcan las reglas del juego.

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