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Mariano, fin de la cita.

2/8/13. El autor es David Torres que se autodefine de la siguiente manera: ¨Fui cobrador de recibos y librero antes de comprender, como me advirtiera mi padre, que la de proletario es una carrera demasiado difícil. Entonces me dediqué a esto de la escritura, al periodismo y a dar clases de literatura en Hotel Kafka. Las novelas son todas hijas mías pero del periodismo tuvo la culpa Manu Leguineche, que en 1999 leyó mi primer libro, Nanga Parbat, y cometió la temeridad de reclutarme en su agencia Faxpress. Luego pasé brevemente por el ABC de Madrid, colaboré en El País Semanal y en diversas revistas, hasta que en el 2004 inicié mi andadura en El Mundo, donde aprendí que el columnismo es un oficio caducifolio que consiste en irritar a todo el personal, incluido yo mismo. Siempre he pensado que una novela es como un matrimonio más o menos largo mientras que una columna es un lío de una noche. Fui finalista del premio Nadal en 2003 con El gran silencio y he ganado también el Hammett de la Semana Negra de Gijón y el Tigre Juan por Niños de tiza, así como el premio Logroño por Punto de fisión, de donde toma su título esta trinchera. Como se ve, con mis novelas he hecho lectores y amigos, y con mis columnas más bien al contrario. Pero está bien así, porque siempre he pensado que un escritor ha de luchar contra el poder, sea del signo que sea, aunque la señal de su triunfo resulte tan minúscula como una picadura de mosquito en el culo de un elefante¨.
 

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Mariano no da el tipo de cantante melódico, pero ayer en el Congreso se desmarcó con una interpretación muy personal de un éxito de los noventa de Paulina Rubio: “Me engañó”. Aún no se conoce muy bien la letra y no dejaba de mirar para abajo, a los papeles, ya que en esta historia todo está trufado de letras y papeles. De cualquier modo, la afición popular estaba entregada y aplaudía a cada minuto con el estruendo de su mayoría absoluta, aplaudía cada inflexión y cada ripio, incluso el momento en que Mariano deslizó la que probablemente fuese la única verdad de la mañana, aparte del buenos días: “Dí crédito a Bárcenas”. Ahí tiene toda la razón: le dio crédito ilimitado, cuenta abierta, libreta cinco estrellas con sucursales en Suiza.

Tras su estreno como cantante de boleros en una gira veraniega de un único bolo retransmitido al país en directo, en efecto, hay que aplaudir mucho a Mariano. Mucho, mucho, mucho. Al menos no cantó en playback, parapetado tras una pantalla de plasma. Y por lo demás actuó exactamente como se esperaba. ¿Qué más queríamos del presidente? ¿Que saliera y dijera: “He sido yo, he sido yo, lo confieso, ahí tienen mi cargo a disposición del respetable”? Eso no podía suceder de ninguna manera, Mariano no está programado para eso. Se trata de un androide político de antigua generación, de los que sólo tienen dos posiciones, on y off, es decir, tirar para delante y qué buén día hace. Igual que C3PO conocía ocho millones de formas de comunicación, Mariano conoce doce millones de maneras de escurrir el bulto. La comunicación nunca ha sido lo suyo, pero bastante es que los guionistas del PP le hayan logrado colar dos o tres más añadidas al programa original: “Es falso” y “Todo es falso salvo alguna cosa”. Fin de la cita.

Con el kilo de chuletas que le debió escribir alguien cuya letra fuese comprensible, Mariano convirtió su comparecencia en una casa de citas. Con todo, el éxito del verano se canta así: “Me engañó, sí, pero lo tenía muy fácil”. Georgie Dann podía haber pulido un poco más letra y añadido un estribillo sandunguero con el estribillo de La barbacoa: “Soy tonto del culo, soy tonto del culo”, pero los guionistas del PP conocen de sobra las leyes narrativas y han preferido dejar el resto a nuestra imaginación, que seamos nosotros quienes rellenemos la línea de puntos. Al parecer, Mariano abrió un día la puerta del despacho de Bárcenas, se encontró al tesorero metiendo a presión fajos de billetes en maletines y se creyó que eran estampitas. Ya dijimos hace tiempo que una de las dos únicas líneas de defensa posibles que le quedan a Mariano es presentarse como un ingenuo, un bobo capital al que tangaron por su credulidad y su buen corazón. El capitán Stubin al frente del Titanic, el pardillo ideal para sacar adelante la marca España y que los banqueros alemanes se froten las manos de puro gozo, un memo total al frente de un país en quiebra. La otra línea de defensa es que los gilipollas seamos nosotros.
 

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