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Las bicis no son para el verano

En los últimos años, las bicicletas se han desplazado desde el universo infantil y juvenil al panorama adulto, consolidándose cada vez más como una opción de movilidad urbana. Siguiendo y, en algunos casos, claramente mejorando el ejemplo de algunas ciudades europeas como Ámsterdam,  Bruselas o París, las capitales de nuestro país se han ido poblando de un abigarrado tráfico de dos ruedas que, además de mejorar la salud del usuario en cuestión, contribuyen de manera muy positiva a mejorar el aire que respiramos todos, frenando las emisiones de gases contaminantes.

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En España la ciudad de referencia en cuanto a transporte público con bicicleta es, sin lugar a dudas, Barcelona. En sus cuatro años de vida, la ciudad ha creado una red de 419 aparcamientos públicos donde dejar y recoger las bicicletas de la red "Bicing” repartidos estratégicamente por toda la ciudad y que, además permiten combinar con otras modalidades de transporte público, como el metro, las cercanías o los autobuses. Con ello, se puede sacar todo el provecho a los 146 kilómetros de carriles bici que traman la ciudad y así lo han reconocido los usuarios que, según datos de 2009, ya alcanzaban los 182.000 abonados al servicio que habían utilizado las 6.000 bicicletas puestas a su disposición para realizar nada más y nada menos que casi 11 millones de trayectos urbanos durante el pasado año, con un crecimiento de dos dígitos sobre el ejercicio anterior.

Sin embargo, no todo es de color de rosa, y el bicing hace un par de años estuvo a punto de morir de éxito, ya que la repentina explosión de vehículos de dos ruedas, no siempre manejados con la prudencia y velocidad adecuada, causó problemas con los peatones, que vieron invadida y alterada su movilidad, además de los previstos y previsibles conflictos con el resto del tráfico rodado. Para poner orden y convivencia entre las distintas modalidades de  desplazamiento el Ayuntamiento publicó unas ordenanzas que también son modélicas al respecto y que, aunque en un primer momento generaron algún recelo en ciertos ambientes "talibanes e insurgentes ” del mundo ciclista, a medio plazo han sido bien y han resuelto en buena medida los roces de convivencia.

Ahora sólo queda vencer la batalla contra el vandalismo. Durante el pasado año, la ciudad tuvo que invertir 3 millones de euros en reponer las bicicletas dañadas o robadas por ciudadanos que no merecen tal nombre.

Pese a todo, a  la estela de Barcelona se encuentran otras ciudades españolas, como Sevilla, que tiene 250 estaciones donde recoger y dejar un total de 2.500 bicicletas con las que desplazarse por la capital hispalense. También se incluyen en esta lista otras capitales como Zaragoza, Gerona o San Sebastián, por ejemplo.

Frente a este modelo que apuesta por la bicicleta como una alternativa saludable, ecológica y sostenible de transporte urbano, está el modelo deportivo, que concibe la bicicleta en la ciudad como una herramienta de ocio y deporte, pero no como una alternativa real para el transporte y la movilidad urbanas. A la cabeza de este planteamiento se encuentra Madrid aunque su alcalde pretenda negar  la mayor, y se empeñe, con una perseverancia digna de mejor causa, en "inventarse” carriles bici urbanos por la técnica de sumar hilillos inconexos y, en muchas ocasiones intransitables, que, como setas urbanas, crecen en algunas calles y avenidas.

Evidentemente, la ciudad no cuenta con nada parecido a un sistema de alquiler de bicicletas como el bicing barcelonés o el sevici sevillano. De hecho, ni siquiera posee espacios propios para aparcar bicicletas en prácticamente ningún lugar que no sea un parque o los accesos a un polideportivo (traiciones del subconscientes, imaginamos). Su gran realización es el anillo verde, una especie de cinturón de castidad ciclista que recorre más o menos el contorno de la ciudad y que presenta algunas rotos en sus costuras pero que no deja de ser una pista para hacer deporte y pasear, en ningún caso para desplazarse por la ciudad.

Evidentemente, cualquiera de estas dos formas de concebir el matrimonio de la bicicleta y el entorno urbano son válidas y respetables. El único problema lo causan, una vez más, los ciudadanos. En efecto, muchos madrileños no están de acuerdo con la visión lúdico deportiva de la bicicleta que posee su alcalde Ruiz Gallardón y se empeñan en jugarse el físico transitando por calles y avenidas con sus bicis, en dura competencia con los coches, los grandes señores feudales de la ciudad, y sus lacayos los autobuses, grandes percherones motorizados para los que las hormigas ciclistas no dejan de ser un incordio añadido al competir con ellos por los carriles específicos para el autobús, que estos sí existen en Madrid.

Es difícil poner puertas al campo y, con el paso de los años, se ha demostrado que las bicis en la ciudad no son una moda, que han venido para quedarse y que, por supuesto, las bicis no son sólo para el verano. Ahora, hace falta que los ayuntamientos lo entiendan y apuesten por liderar esta situación, no simplemente dejarla fluir por sus calles.

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