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Las amenazas del régimen no amedrentan a los egipcios

Unas 50.000 personas desafían el toque de queda militar y exigen la dimisión de Mubarak en el centro de El Cairo. La revuelta se ha cobrado la vida de al menos 62 personas en todo el país .

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Pese a las amenazas del régimen egipcio, los manifestantes volvieron a tomar ayer el centro de El Cairo exigiendo la salida del presidente, Hosni Mubarak. La revuelta ha dejado ya más de 62 muertos, según el Gobierno, una cifra que fuentes médicas elevan a 74 fallecidos y miles de heridos en todo el país.

El cambio de Gobierno anunciado por Mubarak resultó claramente insuficiente para los manifestantes. Unas 50.000 personas ocuparon ayer por quinto día consecutivo la plaza Tahrir, en el corazón de la capital egipcia, desafiando así el toque de queda militar que las autoridades habían adelantado a las cuatro de la tarde. La revuelta egipcia continúa, pese a los problemas en la telefonía y el corte total del acceso a internet con el que el Gobierno egipcio intenta, sin éxito, frenar las protestas.

Los vecinos han organizado patrullas para proteger casas y negocios

Los principales incidentes se produjeron durante el fallido asalto al Ministerio de Interior y en el intento de fuga de la cárcel de Abu Zabaal, en el que murieron ocho reos.

La policía, odiada por la población, desapareció de las calles de El Cairo en la noche del viernes. Ayer era el ejército, una institución prestigiosa en el país, el que controlaba los edificios clave, pero evitando los enfrentamientos con los manifestantes.

Ambiente festivo

La gente se subía a los carros de combate y se fotografiaba abrazándose a los militares. Otros les llevaban agua y comida, y todo eran sonrisas. "Me han dicho que no nos van a disparar, aunque se lo ordenen sus superiores", decía Mohamed Naser en la plaza Tahrir. Naser, un veterinario de 32 años, aseguraba estar "harto del régimen y de no llegar a fin de mes".

A escasos metros, y justo detrás del Museo Egipcio, seguía ardiendo el edificio de ocho plantas que albergaba la sede del Partido Nacional Democrático de Mubarak y que fue incendiado la noche anterior.

El humo del fuego, junto a la contaminación perpetua de la ciudad, hacía que el aire de la zona fuera casi irrespirable. La retirada de los agentes de policía en la madrugada provocó que la ciudad pasara del estado policial a la anarquía total, con saqueos de negocios y asaltos a comisarías.

Los cairotas llevan agua y comida a los militares y se fotografían con ellos

"Han soltado a los presos para que creen problemas y tener así una excusa para aplastar la rebelión", contaba Gamal, de 24 años. Detrás de él humeaba el hotel Europa, que también prendió durante la revuelta nocturna sin que hubiera víctimas. Del interior no paraban de salir vecinos del barrio de Giza que se llevaban a casa las camas, las puertas y cualquier cosa que fuera de valor del edificio, mientras al otro lado de la acera los trabajadores del hotel Barceló Pyramids se encargaban de proteger la entrada con palos y cadenas.

El ejército pidió a cada ciudadano que tuviera un negocio que lo defendiera con sus propios medios, desatando así el pánico en los barrios de El Cairo. Los vecinos se organizaban en patrullas para proteger sus casas. Tras el toque de queda, y con la caída de la noche, era habitual escuchar ráfagas de disparos.

Con una mezcla de cansancio, enfado y miedo, Adel custodiaba la entrada de su tienda de ropa en la calle Talaat, a 20 metros de la plaza Tahrir. "Este negocio es mi vida. Llevo aquí un día y medio sin moverme y no me iré hasta que todo esto se acabe", decía mirando a izquierda y derecha.

En el interior de la plaza Tahrir, símbolo de las protestas durante toda la semana, se repetían los cánticos, cada vez más centrados en exigir la salida de Mubarak. "¡Coge tu avión y vete a Arabia Saudí con Ben Alí!", gritaba la gente recordando el pasado de piloto del todavía presidente. "El mensaje del viernes de Mubarak fue muy decepcionante. La gente tiene que seguir viniendo hasta que acabe el régimen", afirmaba Hamid Sobry.

"Tengo una fábrica de muebles con 200 empleados. Si la cosa sigue como en los dos últimos años tendré que empezar a despedirlos", se lamentaba Sobry.

La mezcla del humo de los fuegos y la contaminación hace el aire irrespirable

Cada poco rato, alguien con la voz cantante entraba en la plaza encabezando un grupo de 200 personas. La euforia se desató cuando, subido a hombros, apareció Jaled Elsawy, un actor egipcio muy popular. "¡Abajo con el sistema!", gritaba el actor.

Oposición oportunista

También intentaron apuntarse al carro un par de Hermanos Musulmanes, que, gritando consignas islamistas, exigían la salida de Mubarak. Su presencia provocó apasionados debates, no hay otros en El Cairo. "Estos son los que mataron a El Sadat, ¿o es que ya no os acordáis?", preguntaba un hombre con los ojos a punto de estallar de cólera. Nadie parecía tener muy claro qué habría que hacer si se logra acabar con Mubarak.

Cada vez que un vehículo blindado entraba en la plaza, todos los que podían se subían encima a cantar consignas. Los militares les pedían en un gran ejercicio de paciencia que fueran bajando.

"La clave está en lo que decida hacer el ejército", decía Silvie Mira, una profesora francesa afincada en El Cairo desde hace 12 años. Su análisis era compartido por todos los que intentaban ganarse la simpatía de los soldados. Pero la actitud de los militares fue cambiando a lo largo de la tarde. Al entrar en vigor el toque de queda, empezaron a mostrar sus fusiles de asalto rematados en bayonetas. Los abrazos y las fotos se transformaron en gritos y amenazas.

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