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La dama de yeso.

18/09/12. David Torres analiza la dimisión de la Presidenta de la Comunidad de Madrid, Esperanza Aguirre.

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Al revés que a tantos de sus detractores, no me alegra la marcha de Esperanza Aguirre por varias razones. La primera, bastante egoísta, el juego que daba como material literario una señora que ya era su propia caricatura, que cada vez que abría la boca subía el pan, la prima de riesgo y la tensión sanguínea. La segunda es que todavía recuerdo las ganas que teníamos de que se marchara Gallardón de la alcaldía y cuánto lo echamos de menos nada más desembarcar su heredera. Con el sucesor de Aguirre, Ignacio González, el repelús de momento no llega a tanto pero nunca hay que sorprenderse de la capacidad de renovación del PP, que es una hidra de mil cabezas donde cortas una y crecen quince. Ahora tanto la Alcaldía como la Comunidad de Madrid están tomadas por un par de okupas a los que no ha votado nadie, aunque eso también pasaba antes porque mira que yo he preguntado por ahí y todavía no conozco a nadie que reconozca haber votado a Aguirre o a Gallardón.
 
Hay otro motivo y éste es quizá más serio: me parece una injusticia histórica que, como se murmura por ahí, Aguirre se vaya derrotada por la enfermedad y no por las urnas. Esto me lo enseñó un viejo profesor de literatura, republicano hasta las cachas, que un día nos contó que él, que estaba en el exilio, no brindó por la muerte de Franco porque brindar por la muerte le parecía más bien cosa de legionarios.
 
De cualquier modo, hay que recordar que la señora Aguirre, que disfrutó de varias mayorías absolutas, no llegó al sillón de la Comunidad por decisión de los madrileños sino gracias a una hábil maniobra de escapismo político en la que una pareja de magos de salón dejó la Comunidad de Madrid convertida para siempre en un circo. El mismo circo de tres pistas que ha hecho las delicias de tantos cronistas de la Villa y Corte, que muchos ciudadanos han aplaudido a rabiar y que tantos hemos padecido al ver cómo la educación, la sanidad y otros servicios fundamentales han ido adelgazando a costa de los muchos amigotes y familiares de la señora Aguirre.
 
Porque éste es el verdadero legado de una mujer que, más que de hierro, como su admirada Thatcher, parece hecha de yeso: una ridícula fachada de liberalismo que apenas logra disfrazar el usufructo privado de los bienes públicos en su propio beneficio, desde la televisión concebida como zarzuela hasta los niños autistas expulsados de las aulas. Aguirre le ha dado la vuelta como un calcetín a aquel famoso slogan de Kennedy y nunca ha parado de preguntarse qué más podía hacer su país por ella. Se va porque no puede más, aquejada al mismo tiempo por el cáncer y por la larga sombra de Mariano Rajoy, una enfermedad privada y otra pública.

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