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La cuenta (de la lechera) de las pensiones

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La reforma es una fórmula flexible, porque tiene en cuenta las distintas realidades de las vidas laborales de las personas.” -Elena Valenciano, portavoz del Comité Electoral del PSOE.

Desde el jueves que supimos los detalles de la reforma de las pensiones estamos todos echando cuentas calculadora en mano: a qué edad empezamos a trabajar, cuántos años hemos cotizado ya, cuántos nos quedan hasta los 67, qué cuantía nos quedará al ampliar el cómputo a 25 años…

A mí, por ejemplo, las cuentas me salen por los pelos: todavía podría llegar justito a los 65 años, pero eso implica que de aquí a entonces no tenga ni un solo mes de paro, cosa difícil en un país con un desempleo endémico. De forma que si tengo una mala racha en algún momento, me tendré que plantar en los 67, y quizás ni por ésas.

Pero a muchos otros no les salen las cuentas por más que suman y vuelven a sumar. En primer lugar a los 4,7 millones de parados, que tienen que rehacer la cuenta por cada mes que siguen en paro. Entre ellos los dos millones de larga duración, los 850.000 de menos de 25 años que pronto entrarán en tiempo de descuento; o en el otro extremo los 380.000 parados de más de 55, que además de ver frenados sus últimos años de cotización, verán reducida su pensión.

Más trabajadores a los que no salen las cuentas: los autónomos, sobre todo los ‘falsos autónomos’, cada vez más y que cotizan por la base mínima. Y por supuesto quienes están en la economía sumergida, trabajando sin cotizar, y para quienes los 67 serían hasta un regalo a la vista del futuro que tienen por delante.

Todos echan cuentas, pero les salen números rojos, sobre todo pensando en los años de crisis y desempleo que nos quedan. Porque ésa es la verdadera reforma de pensiones: no hace falta que obliguen a llegar a los 67 años, pues habrá muchos que ni cumpliendo los 70 se asegurarán una pensión decente. Así la reforma conseguirá preservar la tan apreciada paz social: a ver quién es el guapo que protesta en su empresa, a riesgo de perder un año de cotización que el día de mañana necesitará.

Pero además, todos tenemos la sensación de que estamos echando la cuenta de la lechera: que lo que hoy sumamos tampoco valdrá llegado el día, pues está comprobado que no hay reforma que veinte años dure.

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