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Evasión y victoria.

14/6/13. Afectado de grafomanía congénita, el autor del articulo, Moncho Alpuente, empezó a emborronar cuartillas al tiempo que aprendía a juntar las primeras letras. Haciendo de la necesidad virtud se dedicó tempranamente al periodismo, comenzando su fulgurante carrera profesional a los 17 años (1967) en la redacción de una revista de información general. Desde entonces ha desempeñado las más diversas tareas del oficio en prensa, radio y televisión, dedicando sus ratos libres a escribir canciones, obras de teatro, guiones, poemarios, ensayos, cuentos y novelas. Ha publicado 16 libros, editado 6 discos y estrenado 5 comedias, obras que tienen como denominador común la ironía y la sátira siguiendo la máxima de Chesterton: “Lo divertido no es lo contrario de lo serio, sino de lo aburrido”.

 

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Tenía que pasar. La economía ha impuesto su dictadura hasta en los últimos reductos de la realidad y aunque los economistas, más presentes que nunca en los medios, acierten menos que los videntes de la TDT, está claro que los economistas están donde están porque les hemos llamado a consulta para que nos expliquen, que para eso les pagan, el cómo y el porqué de nuestras catástrofes cotidianas. Aunque se supone que los economistas son culpables en una abultada proporción de los males de la economía no productiva, seguimos insistiendo en que nos den recetas para curar los males que ellos mismos contribuyeron a crear y a mantener.

El párrafo anterior no está dedicado a todos los economistas, que bastante tienen con lo suyo, sino a esa descarriada élite del oficio que asesoró, orientó y pergeñó, al servicio de sus siglas patronales, un desarrollo económico piramidal y esotérico, misterioso y artificial, sus juegos de artificio nos mantuvieron encandilados durante algún tiempo, lo que duró el período de enriquecimiento de sus patronos con una creatividad que alumbró milagrosos artefactos financieros, subprimes, bonos basura, opciones preferentes y fondos de inversión con doble fondo, con trampilla para desviar la atención del público sacando conejos de la chistera y palomas de la manga. Por arte de birlibirloque, con un pase mágico hicieron desaparecer nuestro dinero y todos esperábamos que después de la función nos lo devolverían, cual prestidigitadores que retornan a sus propietarios los relojes que hicieron esfumarse ante sus ojos atónitos durante el espectáculo.

Pero la función aún no ha terminado, se eterniza y los magos siguen pidiéndonos cosas para hacerlas desaparecer, pero el público empieza a desconfiar. Está bien, la primera parte de la función les ha salido de maravilla, no vamos a negarlo, pero parece que la parte de la restitución aún no la tienen bien ensayada. Los malabaristas hacen grandes esfuerzos para mantener en el aire tantos objetos pero poco a poco van cayendo y explotan contra el suelo, contra el parqué, y hacen ploff  como frutas maduras. Si tuviéramos tomates para derrochar los arrojaríamos contra los actores de la farsa, pero no están los tiempos para desperdiciar nada.

Cunde la desconfianza .Políticos, empresarios, aristócratas, banqueros,  y algún sindicalista, se sientan en los banquillos de todas las audiencias. Esta ola de desconfianza generalizada, en casi todos y en casi todo, ha tocado nuestras más acendradas convicciones, nuestras esencias, y la marea empieza a anegar los pies de nuestros ídolos de barro, los futbolistas, los cracks. El Barça es más que un club y Messi es su profeta, y con las cosas de jugar no se juega. Ya jugaron bastante con nuestras cosas de comer, permítannos al menos practicar nuestro culto al noble arte de perforar porterías, no es buen momento para lanzar balones fuera. La imputación de La Pulga Messi socava los cimientos de la fe futbolística. No hace falta ser fanático del Barça para preocuparse, lo de Messi es ejemplarizante y se supone que tras este toque de atención y de queda las estrellas de nuestro balompié correrán la banda para pedir asistencia a sus asesores, abogados e intermediarios para regularizar sus cuentas o para ponerlas lejos del alcance de la jauría. Los mercenarios de lujo no tienen patria, se conforman con un paraíso fiscal para dejar a buen recaudo sus pertenencias mientras juegan a la pelota.

Y ahora les han tocado donde más les duele, que no es en sus músculos  y huesos sino en sus bolsillos, es el Fisco y no el menisco, y la afición irredenta empieza a preocuparse por la sensibilidad de sus campeones, que quizás no tengan bastante con lanzarse a 200 por hora con sus flamantes bólidos para olvidarse de sus cuitas que son las nuestras. Con las cosas de creer no se juega. ¿Para cuándo una plataforma de apoyo para solicitar el indulto de Messi y de los que vengan? Pan y fútbol y si nos quitan el pan que por lo menos no nos toquen las pelotas.
 

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