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El Papa Paco.

16/3/13. El autor, David Torres, se define asimismo de esta manera: "Fui cobrador de recibos y librero antes de comprender, como me advirtiera mi padre, que la de proletario es una carrera demasiado difícil. Entonces me dediqué a esto de la escritura, al periodismo y a dar clases de literatura en Hotel Kafka. Las novelas son todas hijas mías pero del periodismo tuvo la culpa Manu Leguineche, que en 1999 leyó mi primer libro, Nanga Parbat, y cometió la temeridad de reclutarme en su agencia Faxpress. Luego pasé brevemente por el ABC de Madrid, colaboré en El País Semanal y en diversas revistas, hasta que en el 2004 inicié mi andadura en El Mundo, donde aprendí que el columnismo es un oficio caducifolio que consiste en irritar a todo el personal, incluido yo mismo. Siempre he pensado que una novela es como un matrimonio más o menos largo mientras que una columna es un lío de una noche. Fui finalista del premio Nadal en 2003 con El gran silencio y he ganado también el Hammett de la Semana Negra de Gijón y el Tigre Juan por Niños de tiza, así como el premio Logroño por Punto de fisión, de donde toma su título esta trinchera. Como se ve, con mis novelas he hecho lectores y amigos, y con mis columnas más bien al contrario. Pero está bien así, porque siempre he pensado que un escritor ha de luchar contra el poder, sea del signo que sea, aunque la señal de su triunfo resulte tan minúscula como una picadura de mosquito en el culo de un elefante".

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Es una pena que llevemos tantos años huérfanos de Felipe Mellizo, aquel entrañable locutor con barba de sátiro y cara de filósofo en paro. Sin duda él habría sabido exprimir el jugo a la elección del cardenal Bergoglio lejos de las papanateces habituales. Mellizo, más que presentar los telediarios, los defenestraba, que es la única manera decente de comentar la actualidad. Cuando Juan Pablo II todavía estaba recuperándose del atentado que casi le cuesta la vida, Mellizo se quedó muy serio mirando a cámara y comentó: “El Papa mejora. Ya toma alimentos semisólidos. O semilíquidos, según se mire”.
 
Se mire por donde se mire, lo del Vaticano es un éxito mediático a todos los niveles. La fumata blanca ha barrido con una ristra de famosos dándose piscinazos e incluso con Mercedes Milá, que protesta porque Falete le está robando audiencia y liderazgo intelectual. Deberían aprender los programadores de televisión, que si una teleserie no les funciona a la primera media hora, la suprimen sin remordimientos. La iglesia católica lleva un montón de siglos funcionando con el mismo formato, aunque ignoro si algún pontífice ha aguantado tanto tiempo como Ferguson en el banquillo del Manchester United. Algunos, por razones misteriosas, han aguantado menos que el chicle de Ferguson.
 
El caso es que a mucha gente, mayormente agnósticos, ateos y masones, le escandaliza que Bergoglio sea más bien tirando a derechas y que se llevase bien con Videla, como si en el Vaticano hubiesen pensado seriamente para el puesto de jefazo supremo en un teólogo de la liberación. También les cabrea bastante que el nuevo pontífice esté en contra del aborto y del matrimonio gay. ¿Pero a quién se pensaban que iban a elegir? ¿A Willy Toledo? ¿A Almodóvar?
 
Más de uno habrá pensado que la iglesia ha emigrado de Alemania a Argentina en una sola fumata, como en los viejos tiempos de los criminales nazis y la red Odessa. Yo prefiero pensar que el nuevo Papa, como buen aficionado al fútbol, va a aclararnos por fin si Dios es Maradona o es Messi. Lo malo es que, al ser argentino, la próxima encíclica va a salirle un tocho en veinte tomos, como la Enciclopedia Británica. De momento, me gusta que haya elegido el nombre de Francisco, sobre todo si lo ha hecho en homenaje al poverello d’Assisi, San Francisco de Asís, amigo de los animales y patrón de los veterinarios, uno de los pocos santos que cuenta con mi devoción incondicional. Según cuenta Chesterton en su maravillosa biografía, Francesco predicaba a los lobos, los perros y los pájaros con más éxito que a muchos cristianos. Y cuando el cirujano iba a quemarle un ojo, según los burdos procedimientos médicos de la época, Francesco le suplicó al fuego con la misma ternura que profesaba a cualquier criatura viviente: “Hermano fuego, Dios te hizo bello, poderoso y útil, te ruego que seas amable conmigo”.
 
Francesco también fue amigo de los pobres, no de la pobreza, lo cual quiere decir que renunció a toda posesión material, tal y como Cristo enseñó. Si a este Papa se le ocurriera la peregrina idea de llevar al Vaticano por el mismo camino, en efecto, iba a durar menos que el sabor del chicle de Ferguson.
 

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