Igualdad, Fraternidad y Libertad

Los tres principios que aportaron los enciclopedistas franceses a los descamisados (sans-culottes o “sin calzones”, literalmente) que nutrieron el grueso de los revolucionarios en Francia a finales del siglo XVIII, están aquí ordenados en un enfoque nada inocente.

libertad

En primer lugar aparece el principio de la Igualdad, que constituirá el núcleo inicial de esta reflexión.

En realidad es el fundamento de todas las Constituciones que se precien de democráticas, pero ¿es un principio que realmente informa radicalmente, es decir desde la raíz, la percepción de todos, todos los que se identifican como demócratas? La tendencia a colocarse, o al menos intentarlo a cada ocasión, por encima de los demás es casi recurrente en un mundo que, en la práctica cotidiana aspira a la exclusividad, a codearse con una élite social y, a ser posible, económica. Para ser claros, todos los grupos que se precian como socialmente identificados busca la singularidad, el sentirse y actuar por encima de los demás, y más en concreto, de la media de los que deberían ser sus iguales en ciudadanía. Si el marco constitucional proclama “la igualdad en derechos y deberes de todos los ciudadanos”, al menor descuido reaparecen los privilegios que la Revolución de la Modernidad declaró abolidos, en principio de la nobleza,   ventajas sociales implícitas o, si se puede, de forma explícita. No hace falta escarbar demasiado en la Historia para descubrir ese afán de identificarse con un colectivo concreto por aspectos tan variados como la lengua, la presunta raza (a pesar de que ya hace muchos años que la Antropología científica aclaró que todos procedemos del mismo tronco de Homo, y que el fenotipo, o apariencia, no supone de forma inevitable un genotipo diferenciado en el rastro mitocondrial del ADN) u otras etiquetas superficiales, que finalmente se abocan a situarse, individual o colectivamente, en un plano superior, siempre diferenciado social y, a ser posible, económicamente. Y, siendo un poco más prosaicos, nos encontramos con unas raíces muy preocupantes en la convivencia política. El movimiento conocido como Romanticismo no fue sino un modo reaccionario (es decir, reactivo a lo que ya estaba asumido como resultado de la Revolución del burgo, el pueblo, la ciudadanía como habitantes de la ciudad, contra las élites privilegiadas por simples motivos de herencia no merecida) de rebelarse a su vez contra lo que había nacido como una revolución igualitaria. La voz de Karl Marx apelando a un mundo sin fronteras, en el que todos los hombres fuesen iguales, raíz de la Internacional proletaria, para que la plusvalía generada por el trabajo de los obreros no incrementase el capital acumulativo de los titulares (que no propietarios) de los medios primarios de producción.

Ese movimiento del Romanticismo, formalmente artístico, generó una multiplicidad de propuestas de diferenciarse, incluso localistas, en principio por el lugar de nacimiento, de lo que tomó el nombre genérico de Nacionalismo. Tenemos por tanto, en la raíz de estos grupos un afán de apelar a todo lo que segrega, sea real o inventado. No hace falta mucha imaginación para comprender que todos  los nacionalismos son, por naturaleza, insolidarios. Sin recurrir al dramático ejemplo de Yugoslavia basta recordar la machacona frase de Jordi Pujol para proclamar, implícitamente, a la superioridad del grupo: “Apelamos al hecho diferencial”. Todo lo que vino después, desde la apelación a “derechos históricos”, difícilmente justificados, hasta la “inmersión lingüística” o prerrogativas englobadas en las “competencias exclusivas”, tienen su origen en esa carrera constante por diferenciarse, dejar atrás a los parias que no pueden exhibir ese pedigrí de exclusividad. Un argumento claramente insolidario, es decir muy difícil de encajar en una verdadera democracia igualitaria.

Teniendo en cuenta esta reflexión histórica, pero con indudable calado actual, resulta casi imposible que el principio menos respetado de la trilogía revolucionaria, la Fraternidad, tenga hoy un mínimo de calado social. La brecha social, hoy ya insoportable; ocho hombre en toda la Tierra disponen de más recursos económicos que mil quinientos millones de desclasados, según el solvente informe de Intermón Oxfam, que siendo más concretos señala que el 1% de los más pudientes acumula en España la riqueza equivalente al 70% de sus conciudadanos. ¿Qué pintan ahí las banderas como excusa, sean “estrelladas” o aún sin estrellar? Pues eso, sólo sirven para eludir la acción de la Justicia Distributiva y compensatoria, incluso después del desfalco impune de Banca Catalana. Sin Fraternidad, así en mayúscula, es imposible la empatía para ponerse en la piel de los otros, aunque estos otros sean titulares teóricos de los mismos derechos y obligaciones. Con este panorama desolador, ¿cómo podemos apelar a una mínima solidaridad para con los sesenta mil hermanos desgraciados que se pudren sin remedio en inmundos campos de concentración, sean sirios aislados sin posible salida en Grecia o en el mayor campo de concentración genocida del mundo, Gaza, por obra y gracia de esos beneficiarios del sionismo internacional y millonario que se esconde bajo la respetable religión judaica? Llegados a este punto es sorprendente (suponiendo que aún nos podamos sorprender de los caminos retorcidos para mantenerse a toda costa) que la cúpula de los partidos políticos que aparecen como más avanzados hayan asumido la defensa de que “España es una nación de naciones”, con lo que ser perpetuarían condiciones propicias para la diferenciación. No se coge al toro por los cuernos (valga la redundancia) de proponer un Senado que sea en realidad una auténtica Cámara de Encuentro de las Diferencias Ofensivas Territoriales, espacio de un debate inteligente, compensatorio, de consenso sobre puntos racionales y comunes, de una distribución racional e igualitaria en esfuerzos y resultados de la Riqueza Nacional, sin atajos ni diferencias abusivas en Recaudación, Educación, Sanidad, Obra Pública y Servicios Comunes.

Y llegamos al tercer principio de la Revolución que abrió la teórica puerta de la Modernidad, con sus hijos indeseables de los nacionalismos arcaizantes. Porque no podemos olvidar que la Libertad no se proclamaba de forma utópica, sino para denunciar el servilismo medieval de los gremios, como formas predictivas de la producción, ya que marcaba el destino del trabajo desde la cuna. La Libertad, que se mantiene en la primera línea de la trilogía cuando es, sencillamente, una consecuencia inevitable de la Igualdad y de la Fraternidad internacional. Justamente lo contrario que los compartimentos cerrados, y privilegiados sin causa, de todos los nacionalismos, los alumbrados y los que por desgracia aún quedan por alumbrar, porque el mercantilismo fomenta el afán acaparador, predador e insensible a la igualdad intrínseca de todos los seres humanos. ¿Etiquetas?, sólo las obligadas para conocer que los alimentos no han sido producidos ignorando el equilibrio ecológico y para conocer que no provienen de territorios usurpados a sus legítimos e históricos moradores, como saharauis y palestinos.

Francisco González de Tena

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