Un país de mangantes

3/06/2016.- No podemos hablar de una sociedad justa, donde exista proporcionalidad, si no luchamos contra el fraude.

corrupcion
Recuerdo que de estudiante leí un libro que se titulaba algo así como ‘Prostitutas, maleantes y pobres en el siglo XIX‘ y cómo fue motivo de burla para mi familia ver el tipo de lecturas que me interesaban. Mientras que el título parecía más una novela que un ensayo histórico, a mí el libro me ayudaba a conocer aquellos grupos de población al margen de la sociedad y los porqués de ello. Lo he recordado estos días, después de muchos años, pensando que nos encontramos en un país en el que ya no solo hay pobres maleantes y prostitutas, sino donde existe una inmensa mayoría de la población que son unos mangantes.
 
Se ha generalizado una sociedad corrupta que se sitúa al margen de la ley o en situaciones alegales para conseguir los máximos beneficios propios, evadiendo toda responsabilidad con el resto de la sociedad, inventando todo tipo de artimañas para no pagar o para pagar menos impuestos. Hace años que los casos de corrupción son un tema cotidiano en los medios de comunicación: por el cobro de comisiones, por facturas falsas de trabajos no realizados, por la creación de empresas pantalla que permiten desviar los ingresos propios, por paraísos fiscales para evadir impuestos. Los ‘papeles de Panamá‘ y la gran lista de famosos y personas teóricamente ilustres que incluye se han convertido en la guinda del gran pastel de la corrupción.
 
DISCURSOS POLÍTICOS
 
Esta gran amalgama de tipologías y ejemplos de fraude, evasión o elusión fiscal nos muestra, en primer lugar, una falta de ética y de solidaridad, y la falsedad de las personas que han practicado este tipo de acciones. Muchos de ellos han apelado en distintas ocasiones a la responsabilidad ciudadana o a la política para el cumplimiento de esta obligación. Esta semana he escuchado un discurso de hace años del José María Aznar hablando de la solidaridad que todos hemos de practicar, de la injusticia y falta de compromiso de aquellas personas que defraudan, impidiendo la construcción de un Estado del bienestar fuerte. Y resulta que Aznar utilizó una empresa para no pagar los impuestos de los ingresos de sus conferencias. Hace unos días escuchamos que Mario Conde está retornando los millones de dinero negro que tenía en Suiza, anteriormente el centro de atención era el Luis Bárcenas, y hace todavía más tiempo solo se comentaba el ‘caso del Palau’. Ante esta dinámica inacabada de casos, parecería que no existe justicia para ellos, que en su mayoría se encuentran paseando por nuestras calles.
 
Se calcula que el 33% de la riqueza mundial se encuentra en paraísos fiscales. A nivel europeo, los estados tampoco han sido capaces de resolver este problema y no han querido unificar la fiscalidad de los países miembros. Por tanto, tampoco hay un control global de los movimientos económicos entre estos países, encontrándonos con espacios muy diferenciados de una cierta laxitud en el control fiscal, como pueden ser Luxemburgo o Londres. Constatamos que los estados de nuestro entorno no han tenido ningún interés en acabar con esta mangancia generalizada, creo que en parte porque ellos mismos, a través de sus partidos, se han beneficiado.
 
CRISIS Y ÉTICA
 
El sector social hace tiempo que pedimos que no se desmonte el Estado del bienestar, que reconoce el derecho de la ciudadana de disponer de unos mínimos ingresos para una vida digna. Pero el panorama que hoy tenemos ante nuestros ojos nos indica claramente que si continúan estas prácticas fraudulentas y no se modifica la estructura de las retenciones de las rentas, será muy difícil conseguir una sociedad donde la dignidad de la persona sea una realidad para todo el mundo. Mientras tengamos un sistema como el actual -las rentas del trabajo significan el 86% de las rentas declaradas; el año pasado, en plena crisis, el Gobierno español aplicó rebajas al IRPF o al IVA por intereses electoralistas; el Gobierno catalán reduce los impuestos de donaciones y sucesiones…—, no podremos hablar de una sociedad justa donde exista una proporcionalidad y se luche contra el fraude.
 
Así pues, la suma del fraude y la falta de responsabilidad fiscal, junto a unas políticas que tampoco buscan la equidad, nos conducen a situaciones muy preocupantes. Ahora todos echan la culpa a la crisis, pero por desgracia una buena parte de culpa está en la falta de comportamientos éticos, de normas legales que controlen e impidan acciones que parece están permitidas o quedan inmunes ante la legalidad establecida. Es hora de elevar nuestra voz para decir «basta ya» a los mangantes, los corruptos y los Gobiernos incapaces de establecer un sistema fiscal justo en el que cada uno pague lo que le corresponda. Donde los que más tienen paguen más, con el fin de conseguir que respete el bien común.
 

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