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Contrapoder y resiliencia

Articulo de Opinión del Blog Otras Miradas"."

12/8/15. Interesante reflexión sobre el contrapoder ciudadano.

No nos hagamos trampas. El caso de Grecia, la negociación del TTIP, el rescate a la banca o la gestión del cambio climático nos demuestran dónde reside el verdadero poder: en los grandes capitales. Estos, como verdaderos señores feudales, controlan la política en todos los niveles y ejercen su derecho de pernada, sin que ningún contrapoder pueda frenar su lógica devastadora. Los parlamentos, los gobiernos, incluso permeados de ideologías sociales se demuestran incapaces, por sí solos, de plantarles cara.

Y este argumento no es un reproche a nuevos o viejos gobiernos con verdadera voluntad de cambio. Como podemos observar en el caso municipal, en tan corto periodo de gobierno, ya se han adoptado medidas que apuntan en la dirección de poner orden en este atropello del capital, y que sin duda, van a paliar el sufrimiento de personas que hasta la fecha estaban desahuciadas por las instituciones. Pero, no nos engañemos. Lo van a tener muy difícil.  La enorme presión mediática, herramienta al servicio del poder, va a desgastar enormemente éstas alternativas políticas. Y muchos, tal y como explicaba el maravilloso Mujica en el repaso a su política en la entrevista concedida a Jordi Évole, se verán con las manos atadas en los grandes asuntos.

En este panorama, solo atisbo dos herramientas para poder decir “hasta aquí llegó el orgullo de tus olas”:

1.- Que una ciudadanía organizada y activa ejerza tal presión en la política, que constituya un verdadero contrapeso al secuestro de la democracia por la plutocracia empresarial.

2.- Fortalecer nuestra resiliencia, es decir, nuestra capacidad de asumir con flexibilidad situaciones límite y salir fortalecidos. Y ello pasa por la autogestión y la autoproducción al margen del poder de las transnacionales.

Presión social

Durante estos años de trabajo militante en el ámbito energético, en una de las visitas a la Dirección General de Energía de la CE (catorce activistas de la Plataforma por un Nuevo Modelo energético en el despacho), los técnicos de la institución nos comentaban que deberíamos ir más a menudo, porque a diario los “lobistas” de las energéticas recorrían pasillos y despachos de la Comisión y del Parlamento Europeo. Nada sorpresivo, a tenor de a quién beneficia la política energética. Véase a Sánchez Galán (Presidente de Iberdrola) reuniendo a un número relativamente pequeño de sus pares, et voilà, las directrices europeas cambian a la voz de su amo.

Pero no, no creo que el papel de la ciudadanía sea recorrer despachos y seducir, con toda la buena intención del mundo, a políticos honestos. Los despachos entrañan un peligro. Es difícil que una ciudadanía activa se vea representada por unos pocos y que al final, cosa muy humana, acabemos diciendo la frase: ¿Cómo va lo mío? El papel ciudadano lo intuyo en las calles y en organizaciones líquidas y democráticas que ejerzan un verdadero control de la política: garantizando la transparencia y la participación ciudadana, y revocando poderes delegados, si el ejercicio no cumple las expectativas propuestas.

Pero, ¿Cuál es el caldo de cultivo que genera una ciudadanía activa y organizada? Sin lugar a dudas, la cruda realidad despierta los más íntimos deseos de aportar y colaborar en pro de una sociedad justa y solidaria. El éxito de la PAH demuestra que ¡Sí se puede! No obstante, como ciudadanía estamos lejos de conquistar todos los terrenos porque ni siquiera somos conscientes de la situación. Quienes sí son conscientes y evitan el despertar social son los expertos en semiótica de masas y en comunicación. El imaginario colectivo bebe de los grandes medios de comunicación pero, ¿Quién controla el mensaje? De nuevo, nos topamos con el gran poder.

Los medios de comunicación al servicio de los intereses económicos de las grandes corporaciones o de sus intermediarios, los políticos en ejercicio de gobierno. A modo gráfico pongo encima de la mesa el caso de LaSexta. Muchos celebraban que hubiera una gran cadena de televisión capaz de lanzar mensajes diferentes al discurso oficial. Pero, poderoso caballero es Don Dinero. Mariano Rajoy, el garante del discurso mediático único con el que poder garantizarse el número suficiente de votos, a fin de tener a todos los medios controlados (atados y bien atados), ha lanzado a modo de chantaje, el concurso público de seis nuevos canales de TDT para este próximo otoño ¡En plena campaña electoral! Y esta cadena, a pesar de tener magníficos profesionales, valientes y comprometidos (como muchas otras),  ha dado un  viraje notable en su línea editorial.

Por todo ello, es imprescindible dotarnos de medios de comunicación ciudadanos. Bien ejerciendo, a través de alguna nueva institución, el control ciudadano de los medios públicos, o bien, apoyando con micro-participaciones los medios alternativos que no responden a la lógica del gran capital.

¿Y cómo organizarnos entre nosotros? La reflexión colectiva se hace imprescindible para dotarnos de estructuras democráticas capaces de ser participadas por quienes no tienen voz, no disponen de tiempo o la brecha digital les deja al margen de la toma de decisiones (enfermos, menores, adultos en cuyo tiempo libre están realizando tareas de cuidados, ancianos, etc.) Y por supuesto, que sean espacios plurales y diversos, reflejo de una sociedad plural y diversa.

Resilencia

La gran herramienta de transformación social, la más sólida frente a la hegemonía de las grandes corporaciones, es la economía social y solidaria. Sí, suena a chufla por su minúscula escala en los mercados a fecha de hoy, pero no hay vehículo más poderoso que el consumo responsable para salirse del sistema de dominación. Y si conseguimos incrementar la escala, sin duda alguna, será un verdadero contrapoder, porque apunta directamente al corazón de la bestia.

Aumentar la escala no puede significar deponer a unos para colocar a otros. Aunque se hicieran bien las cosas. Es difícil que el poder no corrompa y que el mucho poder no corrompa mucho. De ahí, que sea necesaria la descentralización y la democratización de la nueva economía. Organizaciones a escala humana, locales y democráticas.

Porque sí, ya es posible satisfacer nuestras necesidades fuera de las grandes corporaciones e incluso al margen del ánimo de lucro. Un nuevo paradigma económico alejado de la lógica de la acumulación. Se nos vendió, desde la lógica capitalista, que la concentración empresarial era una herramienta de eficiencia. Por economías de escala, una gran empresa abarata costes y esto influiría positivamente en la bajada de precio que paga, por el producto o el servicio, el consumidor final. Pero la realidad echa por tierra esta teoría, ya que la concentración de capital, es decir, de poder, no solo atenta contra el bien común, si no que se ha demostrado como una herramienta de ineficiencia. Las grandes empresas pactan entre sí (oligopolios) y expulsan la competencia. Ya no hay necesidad de innovar. El único esfuerzo reside en controlar el poder político (véase la puerta giratoria como una consecuencia) y la opinión pública.

Actualmente la satisfacción de las necesidades está dirigida desde el lado de la oferta. Son las grandes corporaciones, a través de sus departamentos de marketing y comunicación los que nos guían a la ciudadanía para saber qué y cómo consumir. De ahí, que se haya instaurado y asentado sólidamente el consumismo. Una locura colectiva que nos lleva a una insatisfacción permanente y a consumir irreflexivamente bienes que no necesitamos y servicios que no mejoran nuestra vida.

Es necesario crear estructuras desde la ciudadanía, de tal manera que la inteligencia y los recursos estén en el lado de la demanda. Organizaciones creadas desde el consumo, colectivas, sin ánimo de lucro, donde se decide qué y cómo consumir.  Si las relaciones del viejo paradigma económico son competitivas y excluyentes, sería inteligente aprender a trabajar desde la nueva lógica económica, cuyas relaciones se estructuran en la cooperación y el trabajo en red. Muchos, locales y conectados.

Me gustaría acabar reseñando una bonita experiencia vivida hace dos años en un pueblecito de la sierra de Madrid. Alberto San Juan, conocido activista y actor, nos planteó a varios amigos que le habían ofrecido la conocida sala Triángulo. Estaba convencido de que era el momento de apoyar el cambio social desde la cultura. La cultura, la alegría colectiva, la información como herramienta de transformación. En aquel momento, tres de nosotros, Iñaki Alonso, Mario Sánchez-Herrero y una servidora expusimos con tal vehemencia que el vehículo que sustentara el proyecto tenía que ser una cooperativa de consumo que conseguimos convencer a todos los presentes. Así nació el precioso proyecto de El Teatro del Barrio. En esa sobremesa, con su genial inocencia, Alberto nos preguntó: “Entonces, si es una cooperativa, ¿Me podrán echar si no les gusta mi trabajo?” Efectivamente, Alberto, bienvenido a la democracia. Siempre agradeceré su generosidad. Alberto tenía capacidad para montar algo potente por su cuenta, pero dio el salto a fin de que penetrase ciudadanía en la toma de decisiones.

Es un buen momento para que no deleguemos totalmente nuestra toma de decisiones en manos de políticos y empresas (por cierto, no denosto al actor político o empresarial, conozco muchos comprometidos y coherentes). Es fundamental avanzar en el empoderamiento social y éste pasa por hacerse cargo. Por ello, no es transformador, aunque sea bueno, pagar una cuota a una ONG y olvidarse de la cuestión, lo que es transformador es pagar una cuota (si es posible) y trabajar por el cambio. Nos han inoculado desde el consumismo que el confort es la máxima expresión de felicidad. Pero, ya nos hemos ido dando de bruces y comprobando en carne propia, que la sacralización del confort ha generado una sociedad frustrada y deprimida. Hacerse cargo, sentirse útil, aportar y trabajar colectivamente por el bien común es el mejor remedio para salir del hastío y encaminarnos a la transformación social. Menos sofá y más asamblea, aunque a priori dé tanta pereza.

Estas son las reflexiones que nos  rondan a mi compañero Mario Sánchez-Herrero y a mí. Sin duda, se enriquecerán con el debate colectivo y se perfeccionarán en su puesta en marcha. “Caminante, no hay camino, se hace camino al andar”. Nosotras hemos comenzado a caminar, ¿Quién se apunta?

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